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El Monumento

Historia del Monasterio
“Santa Maria de Iranzu”

La fundación del monasterio es del año 1176, reinando en Navarra Sancho Garcés VI el Sabio, cuando doce monjes cistercienses de la abadía francesa de La Cour Dieu, (séptima fundación de Citeaux y curiosamente la primera de la Península Ibérica dependiente de la casa madre de la Orden Cisterciense) vinieron bajo la autoridad de Nicolás de Artajona (o de París), navarro y hermano del obispo de Pamplona, Don Pedro de Artajona (o de París), a fundar un monasterio cisterciense en el valle de Iranzu que éste acababa de donarles. En el valle de Iranzu había desde principios del siglo XI (durante el reinado de Sancho III el Mayor) un priorato, con su eremita, bajo la advocación de San Adrián, hoy parte de la antigua enfermería.
Las obras del nuevo monasterio debieron iniciarse con celeridad, porque para el año 1193 se había terminado la cabecera de la iglesia, ya que este año fue enterrado allí el mayor benefactor de Iranzu: Don Pedro de Artajona. En 1199 estaba concluida la sala capitular porque se enterró bajo el ventanal izquierdo a Nicolás de Artajona, primer abad. La fundación cisterciense de Iranzu fue acompañada de grandes donativos y cesiones de tierras, de tal manera que en pocos años la nueva fundación se hizo con un vasto patrimonio de tierras, iglesias, molinos y granjas. En los primeros dos siglos se realizarán todas las obras, tal como, en su mayor parte hoy se puede contemplar.


1348. La Peste Negra. Preludio para el Monasterio, como también para el resto de Europa de una gran crisis. Solo los desastres del reino: guerras del rey de Navarra Carlos II el Malo en Francia, guerra civil de Navarra en los años centrales del siglo XV, desastroso siglo XV desde el punto di vista climatológico: fríos, sequías, inundaciones, etc. Años en que Iranzu, no se sabe bien de qué forma, pierde la mayoría de sus bienes. La historia de Iranzu está señalada, como la de cualquier institución monástica, por momentos marcados por la cotidianeidad inherente a la propia vida; como también por las consecuencias, frutos del orden político y social del momento. Los últimos años del siglo XVIII, los de la Revolución Francesa, van a señalar, sin ser los monjes demasiado conscientes de lo que se les venía encima, el principio del fin de la vida monástica en Iranzu. La exclaustración y disolución de las instituciones monásticas en España se produjo en tres tiempos, pero, el golpe definitivo lo constituyó la ley desamortizadora de Mendizábal de 1835. Le cabe a Iranzu otro triste y dudoso honor, que es el de ser el último monasterio cisterciense de España en que se aplicó el decreto de exclaustración de Mendizábal. Habiendo sido esta zona dominada por las tropas carlistas, los monjes salieron definitivamente de Iranzu los últimos días de septiembre de 1839, mes y medio después de finalizar la primera Guerra Carlista con el Abrazo de Vergara.

Estuvo el monasterio, durante 104 años, sumido en el más absoluto de los abandonos hasta 1943. Este año llegaron los Padres Teatinos, quienes desde ese momento se hacen cargo del lugar y de las ruinas para iniciar la reconstrucción junto a la Institución Príncipe de Viana de la Diputación Foral de Navarra. Actualmente, entre los viejos pero rejuvenecidos muros de Iranzu, late la vida religiosa con la presencia permanente de la Comunidad Teatina.

La restauración de Iranzu duró muchos años y puede decirse que se realizó con buen criterio, utilizando se materiales originales, dispersos entre los escombros y las ruinas, en la mayor parte de la obra. Algunos elementos -basas, claves, capiteles, nervios de bóveda – han ido apareciendo con posterioridad y se pueden ver expuestos en el Centro de Interpretación.
En Iranzu vamos a encontrarnos, por lo tanto, con edificaciones medievales desprovistas de cualquier elemento mueble o de otro tipo que corresponda a su existencia cisterciense. Las edificaciones se alzan de modo sencillo siguiendo de manera rigurosa al gusto cisterciense por la austeridad y obviando la decoración superflua; la misma iglesia se cierra con una cabecera de sección cuadrada como la primitiva iglesia de Citeaux.  El estilo general del monasterio sobrecoge por su nitidez de líneas y simplicidad decorativa en puertas, capiteles y arcos. Iranzu es sin lugar a dudas, un claro ejemplo del más puro y genuino arte cisterciense. Todo el recinto monacal quedaba rodeado de un muro que abarcaba también a las huertas y corrales para el ganado. De este muro sólo queda algún resto por el lado oriental. El portón de entrada hoy, un arco de medio punto, constituía la entrada principal que permitía traspasar el muro que rodeaba toda la abadía.