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Sala Capitular

La sala capitular era el lugar de mayor importancia después de la iglesia. Suelen ser uno de los más bellos lugares y de más sólida construcción. La reunión capitular se celebraba todos los días después de Prima, hacia las cuatro de la mañana en el verano y las nueve en invierno.  Comenzaba la reunión con la lectura del martirologio correspondiente a cada día, seguidamente rezaban una oración llamada “la Pretiosa” y a continuación se leía un capítulo de la regla de San Benito, lo cual ha determinado que se le llame sala del capítulo. Los días festivos se leían, además, las disposiciones de los Capítulos Generales y el Libro de Usos. En estas reuniones los monjes se acusaban de sus culpas o eran acusados si alguien era reincidente y les era impuesta la pena. Una vez concluido el noviciado, la toma del hábito cisterciense tenía lugar aquí, lo mismo que las elecciones abaciales. Los asuntos importantes del monasterio, como pleitos, compras, ventas o permutas, se discutían también en la sala capitular. La reunión solía acabar cantando el:  De Profundis.

Los primorosos ventanales y portadas que presentan todas ellas se abren al claustro sin cristaleras porque desde aquí los “conversos”, a los que no se les permitía la entrada, podían escuchar, en las festividades más importantes, las conferencias y comentario s a las prescripciones de las Constituciones pronunciados por el abad.

La sala capitular. Es una dependencia pequeña de dos naves con tres tramos de bóveda de crucería cada una, cuyos nervios, fajones y formeros dibujan arcos de medio punto. La cubierta, de bóveda de  crucería,  se  desarrolla por medio de arcos que voltean sobre ménsulas embutidas en la pared o sobre capiteles que se apoyan sobre dos potentes columnas de fuste liso y capiteles decorados con hojas de agua. La sala se abre al claustro mediante una fuerte puerta de medio punto de un grosor de metro y medio y baquetón que suaviza la embocadura por el lado del claustro. Bajo el ventanal de la izquierda hay una tumba con bastón en la tapa, que se remata con una cruz florenzada y con una mano bendiciendo en el centro. La caja del sepulcro queda enmarcada por una banda horizontal de flores de cuatro pétalos. En este sepulcro se enterró al primer abad de Iranzu, Nicolás de Artajona (o de París), en el verano de 1199, Lo cual viene a demostrar que la sala capitular ya estaba concluida para estas fechas.